Comentarios al artículo original publicado el 24 de enero del 2009 en El Comercio.
Ante el 'boom' de la construcción que vive Lima, los municipios multiplican sus esfuerzos para controlar la seguridad de las nuevas edificaciones, pero no se atreven a juzgar en gustos y colores. Salvo en los centros históricos de Lima y Barranco, ningún distrito regula la estética de sus fachadas o monumentos públicos.
Hay aquí una importante confusión de términos. Estética es la ciencia que estudia la relación subjetica (emocional, visceral incluso) entre sujeto y objeto, siendo este último, generalmente, una producción como lo es la arquitectura. No se puede, por lo tanto "regular" la estética. El término está siendo utilizado, de manera coloquial, en lugar de "aspecto externo" o "aspecto formal".
De todos modos, y como el mismo artículo explica líneas más a
bajo, ¿hasta qué punto es útil (o sano) que los municipios "juzguen en gustos y colores", si el fruto de dichos juicios es frecuentemente considerado huachafo? ¿Quién dio a los administradores públicos los recursos o el poder de señalar qué es lo que gusta o disgusta a la gente?
Es que tampoco existen parámetros que establezcan qué es feo y qué no lo es. [...]
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Esto, por supuesto, dificulta mucho la labor de artistas y arquitectos, al mismo tiempo que nos da una libertad casi absoluta. ¡Pero felizmente! Felizmente que no existen parámetros que establezcan qué es feo y qué no, porque aún si existieran, éstos no garantizarían que la gente estuviese de acuerdo con los mismos. Sucedería, entonces, que "el gobierno" o "la administración" o "el municipio" establecerían parámetros que, más que probablemente, no coincidirían con la opinión de la mayoría de ciudadanos.
Similar contradicción genera la serie de esculturas que se ubica frente a la playa Agua Dulce, en Chorrillos, que busca plasmar el amor conyugal. "Son mamotretos cursis y en absoluto carentes de arte", critica el reconocido urbanista Augusto Ortiz de Zevallos.
Muy a su pesar, una decena de limusinas llega hasta allí cada sábado con parejas de recién casados que hacen cola para fotografiarse con la vilipendiada obra.
Hay entonces un abismo entre lo que piensa Ortiz de Zevallos y lo que siente el ciudadano común. Finalmente ¿para quiénes están diseñadas las ciudades? ¿Para arquitectos o profesionales afines, que pertenecen a un pequeñísimo grupo poseedor de una cierta cultura en materia de arte, arquitectura y estética? ¿O para el ciudadano común, representante de una fuerte mayoría, que quiere simplemente disfrutar de algo que le produce una experiencia estética positiva?
En este punto, el lector debe estar preguntándose si es mejor tomar partido por la opinión académica o si, por el contrario, debe respaldar el gusto popular.
Ésta es, precisamente LA pregunta.
[...] "Siempre se ha acusado a los conos de tener fachadas con mayólicas, pero la llamada huachafería también domina los barrios de clase alta, donde la imitación de arquitecturas foráneas e inadecuadas para el clima de Lima es producto del complejo y la desinformación", reflexionó Ortiz de Zevallos. Se refiere a los techos a dos aguas, chimeneas y ventanas templadas que abundan, por ejemplo, en la urbanización La Laguna, en La Molina.
Efectivamente, nadie se libra de ser huachafo (me atrevería a decir, con todo el respeto del mundo, que AOZ tampoco). Y eso no tiene nada de malo.
"Las fachadas son de todos y los dueños de los casinos no tienen derecho a imponernos semejante ruido visual", dijo Ludeña en referencia a la estridente decoración exterior de algunos locales de juego de la Av. La Marina.
Es cierto. Pero dichas fachadas también recrean pseudo-universos, pequeños mundos traídos de una realidad que nos es bastante ajena, pero que sin embargo nos gusta. Porque si esos neones, esas formas, esos recursos colocados sobre la arquitectura no gustaran a un grupo importante de gente, no estarían ahí.
El artículo, finalmente, trata el tema de manera bastante superficial. No propone soluciones, ni ideas nuevas, ni siquiera una firme postura a favor o en contra de las opiniones citadas. Pero plantea, eso sí, LA pregunta fundamental:
¿Es mejor tomar partido por la opinión académica o, por el contrario, se debe respaldar el gusto popular?
Yo quisiera agregar una pregunta adicional:
¿Por qué existe una distancia tan abismal entre una opinión y la otra?